La trampa de la justicia es aferrarme a esa
permanente seductora idea de que merezco que los demás me traten mejor porque
en mi mente soy una buena persona. Lo justo, en este caso, sería recibir de
todas las personas con las que trato e incluso de extraños en la calle un trato
excelente, que refleje lo que yo – en mi mente – les doy siempre. El golpe duro
al caer contra la subrepticia piedra en el camino es que lo justo no existe.
No fue justo cuando Katherine Luna-Victoria me
levantó la falda del colegio en el recreo en primer grado frente a todo el
salón. No fue justo cuando la monja del colegio – que era la directora, nada
más y nada menos, pero yo no lo sabía- me quitó el examen antes de que yo
pudiera terminarlo. No fue justo el miedo que sentí al no terminarlo. En mi
mente tampoco fue justo cuando una vez en un parque una niña no quiso dejarme
bajar por la resbaladilla porque según ella yo no jugaba. No fue justo que mi
mamá se molestara conmigo por traerle – una vez- un 15 en francés- injusto,
ilógico y sin sentido para alguien que solo sabe expresarse en su propio idioma. Tampoco fue justo para mí que yo tuviera que esperar en un rincón a
que me sacaran a bailar mientras a las demás chicas de mi edad les sobraban los
pretendientes. No fue justo que todas sean tan buenas para los deportes y yo
no; no era justo que en mis fiestas infantiles se robaran mis juguetes; no era
justo que mi mamá le mostrara más cariño a mi hermano; no era justo que yo solo
sentía que mi mamá y mis compañeros notaban mi existencia cuando me daban un
diploma que me era tan fácil obtener. No fue justo que mi mejor amiga dejara de
serlo; no fue justo que mi primer enamoradito me engañara con una pelirroja poca cosa y me dejara un 13 de febrero; no era justo que la universidad a la que
siempre quise entrar me resultara un callejón sin salida y así como me recibió
me abofeteó en el orgullo. Y tampoco fue justo que mi madre se decepcionara de mí
y que mi primo ganara un premio en el colegio por escribir sobre tamaña
decepción a la familia. No había justicia en la soledad que sentía todos los
días, en la calma que encontraba sola en la azotea de mi enorme, vacía y
fantasmal casa chiclayana. No había derecho en enamorarme mil veces del chico
más lindo, que pensaba siempre que yo era muy inteligente y nada más. No fue
justo cuando vi fantasmas en la casa y nadie me creyó. No fue para nada justo
ponerme en medio de mi mamá y mi hermano para que no lo reventara a golpes con
la parte de atrás de un matamoscas por no aprenderse de memoria la lección.
De todas las cosas, lo más injusto es haber
entregado 9 años de mi vida a un empleador que como toda pareja tóxica, te
endulza los primeros años, te da todo, te trata bien por mucho tiempo para,
años después, cambiarte por un modelito más joven, bello, creativo y
workaholic, que no tiene vida más allá de la oficina ni perro que le ladre si
se demora al llegar a casa. Hasta hoy, me levanto y siento un amplio vacío,
siento que empequeñecí y que ya no “merezco” nada. Voy a una tienda solo a
mirar y siento que el sonido que hacían mis tacones en el suelo ya no tienen
eco. Y cada pisada es como una gota distante en una catarata sin fin.
Podría enumerar miles de escenas, flashbacks de
mi vida en donde he considerado que la vida no ha sido justa, no solo conmigo,
sino con miles de almas que sé han tenido suertes más duras, más crueles, que
incluso las han llevado al final de su existencia y el mundo, impávido, solo ha
cubierto la noticia ya sea con frialdad fáctica o crueldad mórbida. Lo sé, y
cada injusticia me duele, me desgarra y por eso he borrado varias fuentes de
información, he retirado subscripciones a periódicos y likes a páginas web.
Todo en un afán poco fructífero de no pensar en ello, de no toparme con las
noticias más crueles del mundo y llorar, y Dios quiera que no lea o vea algo
referido a niños pasándola mal. Quebrada por días.
No obstante, este libro dice que esta trampa me
impide avanzar, me hace mirar al otro con envidia y deseos de venganza y es
así. Es lo que siento. Es lo que he sentido en lo más profundo de mi ser desde
que era pequeña. Deseo torturar con una deliciosa dosis de karma a todo aquel
que me hizo mal. Deseo que caminen como Cersei Lannister y todos, absolutamente
todos les griten al fondo: “Shame”.
Me recomiendan una serie de pasos para mejorar,
para tratar de ser menos exigente con lo que espero del resto y empezar a
enfocarme en lo que necesito yo:
1.
Hacer una lista de lo que considero injusto. Leerla detenidamente y darme
cuenta de que la mayoría de las cosas que anoté no dependen de mí y es inútil
exigir justicia en ellas. No van a desaparecer de un día para otro solo porque
a mí me duele verlas, oírlas o vivirlas.
2.
Cuando esté frente a una situación que considero injusta, tal vez alguien me
hizo algo que yo considero no le haría pasar, debo evitar hundirme en los
pensamientos sobre lo decepcionante que resultó ser dicha persona y el
dolor que me causa su comportamiento. En vez de eso debo enfocarme en mi y
aceptar que yo soy distinta a ti y eso es todo. Lo que haga fulanito no
tiene por qué afectarme, es una persona distinta a mí que ha elegido
comportarse de tal manera.
3. Cambiar
la frase "No es justo" por una más asertiva como "Es una
lástima" o "Yo preferiría...". Así empezarás a aceptar la
realidad y no idealizarla; vas aprendiendo a liberarte del tortuoso “mundo
ideal” que has construido en tu mente.
4. Dejar de compararme con los demás. Tómate un descanso de las redes sociales si
sientes que te hunden en el pasado y en el resentimiento. Ten tus propias
metas, independientemente de lo que haga el resto. Proponte hacer lo que tú
quieres hacer sin estar pendiente de lo que los otros hagan o no hagan.
5. Cuando
le digas a otro: "Yo siempre hago esto por ti pero tú nunca lo haces por
mí" solo estás diciéndole que te consideras mejor y que debe tratar de
parecerse más a ti . Créeme: ello no le interesa. Cada quién es como es.
6. La idea de vengarte del otro, de "pagarle con la misma moneda" no ayuda en nada porque la otra persona no se ha detenido ni un minuto a pensar en si te hizo daño o no. Y si se le cruzó por la mente un segundo, las demás cosas que tenía que hacer en el día hicieron desaparecer el pensamiento tan rápido como apareció.
7. No esperes que te traten o te retribuyan el cariño o amistad en exactamente la misma cantidad en que tú la das. En vez de pagarle a alguien por algo, como por ejemplo llevando una botella de vino o un regalo a una fiesta, espera hasta que un día tengas ganas y entonces le mandas una botella de vino con una nota que diga: "Simplemente porque tuve ganas". No hay ninguna necesidad de mantener en orden las cuentas intercambiando regalos u objetos; haz simplemente algo agradable porque tienes ganas y no porque la ocasión te lo exige.
8. Gasta la cantidad de dinero que tú quieras en un regalo sin dejarte influenciar por lo que se gastó en ti. Elimina las invitaciones que haces por obligación o por un sentido de justicia. Decide a quiénes vas a ver por motivos internos en vez de externos. Deja de ir a lugares o aceptar personas en tu vida solo por cumplir.
6. La idea de vengarte del otro, de "pagarle con la misma moneda" no ayuda en nada porque la otra persona no se ha detenido ni un minuto a pensar en si te hizo daño o no. Y si se le cruzó por la mente un segundo, las demás cosas que tenía que hacer en el día hicieron desaparecer el pensamiento tan rápido como apareció.
7. No esperes que te traten o te retribuyan el cariño o amistad en exactamente la misma cantidad en que tú la das. En vez de pagarle a alguien por algo, como por ejemplo llevando una botella de vino o un regalo a una fiesta, espera hasta que un día tengas ganas y entonces le mandas una botella de vino con una nota que diga: "Simplemente porque tuve ganas". No hay ninguna necesidad de mantener en orden las cuentas intercambiando regalos u objetos; haz simplemente algo agradable porque tienes ganas y no porque la ocasión te lo exige.
8. Gasta la cantidad de dinero que tú quieras en un regalo sin dejarte influenciar por lo que se gastó en ti. Elimina las invitaciones que haces por obligación o por un sentido de justicia. Decide a quiénes vas a ver por motivos internos en vez de externos. Deja de ir a lugares o aceptar personas en tu vida solo por cumplir.
Habrá algunos días en que los trataré de hacer
y otros no. Eso lo sé de antemano. Y para los días en que sea más duro hacerles
caso, trataré de pensar en mi hija. No porque no sea justo o porque no se
merezca a esta madrecita que le tocó, sino porque yo quiero hacer el esfuerzo
de darle algo mejor, algo bueno. Y lo decidí yo.
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