lunes, 28 de enero de 2019

La trampa de la justicia

La trampa de la justicia es aferrarme a esa permanente seductora idea de que merezco que los demás me traten mejor porque en mi mente soy una buena persona. Lo justo, en este caso, sería recibir de todas las personas con las que trato e incluso de extraños en la calle un trato excelente, que refleje lo que yo – en mi mente – les doy siempre. El golpe duro al caer contra la subrepticia piedra en el camino es que lo justo no existe.


No fue justo cuando Katherine Luna-Victoria me levantó la falda del colegio en el recreo en primer grado frente a todo el salón. No fue justo cuando la monja del colegio – que era la directora, nada más y nada menos, pero yo no lo sabía- me quitó el examen antes de que yo pudiera terminarlo. No fue justo el miedo que sentí al no terminarlo. En mi mente tampoco fue justo cuando una vez en un parque una niña no quiso dejarme bajar por la resbaladilla porque según ella yo no jugaba. No fue justo que mi mamá se molestara conmigo por traerle – una vez- un 15 en francés- injusto, ilógico y sin sentido para alguien que solo sabe expresarse en su propio idioma. Tampoco fue justo para mí que yo tuviera que esperar en un rincón a que me sacaran a bailar mientras a las demás chicas de mi edad les sobraban los pretendientes. No fue justo que todas sean tan buenas para los deportes y yo no; no era justo que en mis fiestas infantiles se robaran mis juguetes; no era justo que mi mamá le mostrara más cariño a mi hermano; no era justo que yo solo sentía que mi mamá y mis compañeros notaban mi existencia cuando me daban un diploma que me era tan fácil obtener. No fue justo que mi mejor amiga dejara de serlo; no fue justo que mi primer enamoradito me engañara con una pelirroja poca cosa y me dejara un 13 de febrero; no era justo que la universidad a la que siempre quise entrar me resultara un callejón sin salida y así como me recibió me abofeteó en el orgullo. Y tampoco fue justo que mi madre se decepcionara de mí y que mi primo ganara un premio en el colegio por escribir sobre tamaña decepción a la familia. No había justicia en la soledad que sentía todos los días, en la calma que encontraba sola en la azotea de mi enorme, vacía y fantasmal casa chiclayana. No había derecho en enamorarme mil veces del chico más lindo, que pensaba siempre que yo era muy inteligente y nada más. No fue justo cuando vi fantasmas en la casa y nadie me creyó. No fue para nada justo ponerme en medio de mi mamá y mi hermano para que no lo reventara a golpes con la parte de atrás de un matamoscas por no aprenderse de memoria la lección.

De todas las cosas, lo más injusto es haber entregado 9 años de mi vida a un empleador que como toda pareja tóxica, te endulza los primeros años, te da todo, te trata bien por mucho tiempo para, años después, cambiarte por un modelito más joven, bello, creativo y workaholic, que no tiene vida más allá de la oficina ni perro que le ladre si se demora al llegar a casa. Hasta hoy, me levanto y siento un amplio vacío, siento que empequeñecí y que ya no “merezco” nada. Voy a una tienda solo a mirar y siento que el sonido que hacían mis tacones en el suelo ya no tienen eco. Y cada pisada es como una gota distante en una catarata sin fin.

Podría enumerar miles de escenas, flashbacks de mi vida en donde he considerado que la vida no ha sido justa, no solo conmigo, sino con miles de almas que sé han tenido suertes más duras, más crueles, que incluso las han llevado al final de su existencia y el mundo, impávido, solo ha cubierto la noticia ya sea con frialdad fáctica o crueldad mórbida. Lo sé, y cada injusticia me duele, me desgarra y por eso he borrado varias fuentes de información, he retirado subscripciones a periódicos y likes a páginas web. Todo en un afán poco fructífero de no pensar en ello, de no toparme con las noticias más crueles del mundo y llorar, y Dios quiera que no lea o vea algo referido a niños pasándola mal. Quebrada por días.

No obstante, este libro dice que esta trampa me impide avanzar, me hace mirar al otro con envidia y deseos de venganza y es así. Es lo que siento. Es lo que he sentido en lo más profundo de mi ser desde que era pequeña. Deseo torturar con una deliciosa dosis de karma a todo aquel que me hizo mal. Deseo que caminen como Cersei Lannister y todos, absolutamente todos les griten al fondo: “Shame”.

Me recomiendan una serie de pasos para mejorar, para tratar de ser menos exigente con lo que espero del resto y empezar a enfocarme en lo que necesito yo:


1.  Hacer una lista de lo que considero injusto. Leerla detenidamente y darme cuenta de que la mayoría de las cosas que anoté no dependen de mí y es inútil exigir justicia en ellas. No van a desaparecer de un día para otro solo porque a mí me duele verlas, oírlas o vivirlas.

2.  Cuando esté frente a una situación que considero injusta, tal vez alguien me hizo algo que yo considero no le haría pasar, debo evitar hundirme en los pensamientos sobre lo decepcionante que resultó ser dicha persona y el dolor que me causa su comportamiento. En vez de eso debo enfocarme en mi y aceptar que yo soy distinta a ti y eso es todo. Lo que haga fulanito no tiene por qué afectarme, es una persona distinta a mí que ha elegido comportarse de tal manera.

3.  Cambiar la frase "No es justo" por una más asertiva como "Es una lástima" o "Yo preferiría...". Así empezarás a aceptar la realidad y no idealizarla; vas aprendiendo a liberarte del tortuoso “mundo ideal” que has construido en tu mente.

4.   Dejar de compararme con los demás. Tómate un descanso de las redes sociales si sientes que te hunden en el pasado y en el resentimiento. Ten tus propias metas, independientemente de lo que haga el resto.  Proponte hacer lo que tú quieres hacer sin estar pendiente de lo que los otros hagan o no hagan.
5.   Cuando le digas a otro: "Yo siempre hago esto por ti pero tú nunca lo haces por mí" solo estás diciéndole que te consideras mejor y que debe tratar de parecerse más a ti . Créeme: ello no le interesa. Cada quién es como es.


6. La idea de vengarte del otro, de "pagarle con la misma moneda" no ayuda en nada porque la otra persona no se ha detenido ni un minuto a pensar en si te hizo daño o no. Y si se le cruzó por la mente un segundo, las demás cosas que tenía que hacer en el día hicieron desaparecer el pensamiento tan rápido como apareció.


7. No esperes que te traten o te retribuyan el cariño o amistad en exactamente la misma cantidad en que tú la das. En vez de pagarle a alguien por algo, como por ejemplo llevando una botella de vino o un regalo a una fiesta, espera hasta que un día tengas ganas y entonces le mandas una botella de vino con una nota que diga: "Simplemente porque tuve ganas". No hay ninguna necesidad de mantener en orden las cuentas intercambiando regalos u objetos; haz simplemente algo agradable porque tienes ganas y no porque la ocasión te lo exige.


8. Gasta la cantidad de dinero que tú quieras en un regalo sin dejarte influenciar por lo que se gastó en ti. Elimina las invitaciones que haces por obligación o por un sentido de justicia. Decide a quiénes vas a ver por motivos internos en vez de externos. Deja de ir a lugares o aceptar personas en tu vida solo por cumplir.


     Habrá algunos días en que los trataré de hacer y otros no. Eso lo sé de antemano. Y para los días en que sea más duro hacerles caso, trataré de pensar en mi hija. No porque no sea justo o porque no se merezca a esta madrecita que le tocó, sino porque yo quiero hacer el esfuerzo de darle algo mejor, algo bueno. Y lo decidí yo.







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